“recuerda que tras de cada libro hay un
ser humano que quiere decirte algo”
Cesar Pavese.
El
mensaje de un libro es una puerta cerrada: uno decide abrirla, entrar o
resistirse. Cada vez que se lee, esa puerta va instituyéndose en tamaño, forma,
sentido. Esa puerta, a medida que es pensada, analizada y contextualizada, va
tomando sentido y nos expone ante el mundo. Después de cada lectura, uno puede
amar u odiar al mundo, puede servirle al mundo o servirse de él. El libro es un
objeto escrito por un sujeto que quiere participarte su visión del mundo desde
la trinchera que lo ve y como lo cree. No es la verdad lo que está escrito en
esas páginas que una vez fueron blancas e inocentes, porque, ya escritas, son
balazos liricos con un serio propósito, al igual este escrito. El libro por sí
sólo no transforma, no hace nada; puede más bien deformarse en las lenguas
malintencionadas que, valiéndose del mensaje, se imponen a los seres humanos para su aprovechamiento
material y simbólico; sería, además, un horror pensar que con publicar
masivamente tendremos la sociedad que queremos.
La historia demuestra que el libro ha sido utilizado más para la
dominación que para la liberación y autonomía de los pueblos.
La clase burguesa es la que más lee, incluso
libros que se supone que liberan, como los escritos del profesor Freire, por
nombrar una de las personas que ilustró la dominación ideológica desde el
ámbito educativo y cómo esta sirve para la dominación más aberrante: la
alienación cultural.
Grandes
escritores han sido pregoneros del darwinismo social, del fascismo más salvaje
y defensores del neoliberalismo. No es verdad que los libros liberen, como
tampoco es verdad que conocer gente sea tener amigos. Un camarada es una
persona que se siente en lo que sientes, y te acompaña e impulsa en la
transformación de ese sentimiento o de esa situación material que te
coacciona. Lectura no es leer para hacer
precisamente al pie de la letra lo que ahí se explicita; leer es el vínculo
personal con la sociedad para ser parte activa del impulso y establecimiento de
la armonía social. Un libro encadena o libera.
Varios amigos se me han acercado alguna vez
para formularme la siguiente pregunta: ¿Qué libro me recomiendas leer? Cuando
empecé a escribir, respondía con mucho entusiasmo los libros que acababa de
leer o el que leía en ese momento para no quedarme sin respuesta. Después, ya
no sabía qué responder, porque los libros que recomendaba no gustaban, y no
entendía cómo esos libros que me sorprendieron tanto no les gustaban. Asumí no
recomendar más, puesto que la lectura es un acto de gusto personal. Hace
algunos días, un amigo me insistió tanto que terminé por decirle algunos
títulos, no sin antes advertirle: piensa que ese libro que te recomiendo es un
amigo mío y para mí es especial, pero eso no significa que ese amigo mío y tú,
que también eres mi amigo, logren ser buenos
amigos. Me miró contrariado.
Me
di cuenta de que los libros son parte de uno, de nuestro pensamiento, de
nuestra actitud y de nuestras capacidades para enfrentarnos a los problemas.
Que la amistad que nace con la lectura, después de leerlos, es misteriosa, y
que uno nunca sabe en qué sentimiento se transmutará con cada lectura. A uno
los lleva a la política, a la religión, a la poesía o a incrementar su capital
sin escrúpulos; porque no siempre la lectura es buena: también el que creó la
bomba nuclear y los abogados defensores de mafiosos leyeron mucho. La lectura
es tan peligrosa como no leer; todo depende de dónde se aborden ciertas
lecturas y del para qué leo.
Caracas, febrero de 2012.