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Ana


Volvió a pasar por la calle decorada de luces y guirnaldas. Movía la cabeza para todos lados, y el miedo, entorpeciéndole las patas, la hacía ver como presa fácil. Su foto, pegada en los postes de luz y en las paradas de autobuses, prometía una recompensa. A duras penas, gracias a la llovizna que había desfigurado el mensaje, se podía leer con un poco de esfuerzo <<Se busca>>, y abajo, un número de teléfono. Pero Ana no sabía que era a ella a quien estaban buscando; no sabía leer. De haberlo sabido, hubiese llamado inmediatamente si estuviera en sus posibilidades, pero sabemos que no tiene esa posibilidad; por lo menos no todavía, en el futuro quién sabe con el avance de la tecnología. 
La hoja con el mensaje, ya desfigurada por la llovizna (al instante en que Ana se sacudió y salió corriendo de nuevo entre las calles), iba a ser arrancada por los recolectores de basura que pasaban levantando la mugre del día; y así, sus esperanzas de ser encontrada se desvanecían en un charco de agua, como su figurita nerviosa que se reflejaba al pasar. Y Ana, todavía nerviosa, no se iba a dar cuenta de que alguien se iba a quedar sin recompensa, y ni siquiera, si alguno al verla correr como loca de calle en calle, se iba a imaginar que estaba perdida y mucho menos que estaba a punto de convulsionar de miedo. 
Las impresiones en blanco y negro con su cara estaban por todos lados, empapelando las paradas del autobús y las entradas de las casas. Por todas esas cuadras quizás ya la conocían, y sabían que era la perdida, la buscada; pero Ana no sabía que esa imagen era de sí misma. De haberlo sabido, seguramente se hubiese sentado tranquila a esperar el rescate, o hubiese mostrado su cara a cuanto ser viviente se le atravesara para que la reconocieran y llamaran para reclamar su recompensa. Estaría relajada, disfrutando de la experiencia, y no sería ese cuerpo de nervios andante. 
Por esa razón, seguía caminando entre la llovizna, de un lado a otro; porque eso sí, su instinto le indicaba que estaba cerca de casa. Por alguna razón —tal vez el miedo le bloqueaba su instinto—, Ana no podía concluir cuál era su casa. Claro, el miedo le estaba asfixiando los pensamientos y solo huía y huía de susurros, motores de autos o ladridos de perros sin pensar, siquiera, que si se calmara y oxigenara su memoria, seguramente su instinto se estabilizaría y así podría llegar fácilmente a su casa, que, para su sorpresa, quedaba en la calle siguiente. Pero el miedo es así: nos secuestra la razón y muchas veces no pide rescate.  
El cielo estaba pintado de gris y, aparentemente, se iba a intensificar la lluvia, como pasa siempre en estos meses. No había ni una estrella en el cielo y los relámpagos alumbraban el horizonte, incesantes, avivando el miedo de Ana y, por lo tanto, apagando su instinto y su espíritu. El viento soplaba fuerte, arrastrando todo a su paso, haciendo revolotear bolsas plásticas y hojas otoñales. Tenía frío, hambre, congoja.  
La carretera, angosta como ninguna, agujereaba el horizonte sin fin, haciéndola sentir sola en la noche amenazante. Otro carro pasó a gran velocidad, lo que la hizo retroceder e ignoró su maullido. Ana lo vio con horror e intentó cruzar la calle de nuevo, ya que las fachadas de las casas del otro lado le parecían conocidas. A la orilla de la calle, perros se rebuscaban entre la basura, peleándose por las sobras. Las cucarachas se escondían en las alcantarillas, huyendo del aguacero y de ella, quien tuvo el impulso de perseguirlas a todas y aplastarlas, una por una, hasta que dejaran de mover sus cuerpos ridículos. La sola presencia de esos insectos la ponía de mal humor, le despertaba sus más siniestras acciones y se desbocaba sin miedo a destrozar esos cuerpos de juguete que huían de ella. 
   La llovizna se intensificó y Ana aceleró el paso. Cruzando la calle, la bocina de un auto la hizo dar saltos acrobáticos para evitar caer en un charco mugriento. Iba corriendo lo más deprisa posible para resguardarse del chaparrón. Los truenos le asustaban, su corazón estaba hecho un redoblante y su cuerpo, por más que lo sacudiera, seguía mojado. Hacía frío y la humedad le rasguñaba la piel. 
Miró para todos lados y, al frente, vio una ventana abierta. Los relámpagos parecían rajar el cielo, partiéndolo en pedacitos que alumbraban la tierra y gritaban trueno tras trueno, como si en el cielo se estuviera batiendo alguna batalla de dioses, o quién sabe qué. Ella, volviendo la cabeza a cada paso, miraba atrás buscando con sus ojos temerosos alguna pista que la condujera a su casa; porque de algo estaba segura, y era de que olía a su casa. Pero, por alguna razón, no la hallaba; y claro, ella no lo sabía, pero con miedo difícilmente se ubica algo. 
   Su cuerpo es largo y fuerte, con mucho pelo que le hacía ver como una bola con cara. Sus ojos, grises y grandes; su boca, finita, su mirada de gata, brillante. No perdía la esperanza de que la encontraran. Tenía la certeza de que la extrañaban y no pararían de buscarla. Se resguardó bajo un auto estacionado. Ya no sabía qué hacer, así que decidió nuevamente cruzar la calle. Parecía una gata loca, perseguida por la angustia. Atravesó la calle y logró saltar hasta alcanzar una ventana abierta; entró y descendió a un cuartucho vacío donde algunas gotas se filtraban por el rajado techo. Desde afuera, la casa parecía abandonada; sin embargo, algunas cosas tiradas en el suelo le dieron la impresión de que quizás vivía alguien. 
Al descender dentro de la casa, poseída por el desespero, el miedo y la necesidad de un lugar caliente, sacudió su cuerpo y pudo sentirse mejor; logró la calma una vez adentro. Fisgoneó el lugar con cautela; el olor delataba la presencia de alguien, aunque parecía en abandono total.  Escuchó murmullos. Caminó tensa, cautelosa, y atravesó a hurtadillas la puerta que daba a un cuartucho iluminado por una bombilla amarilla. Las paredes parecían estar mudando de piel, instaurando una atmósfera de abandono. Entró nerviosa, y su lengua reseca daba muestra de cansancio. Caminó por la habitación; buscaba dónde defenderse del frío. Dudó si subirse a la cama, así que decidió esconderse debajo de ella. Pudo refugiarse en unos pantalones tirados en el suelo. El piso estaba lleno de colillas de cigarrillos, media botella de ron, libros deshojados y periódicos viejos y amarillentos.  Ana tuvo ganas de orinar y aprovechó los periódicos disponibles. Después de orinar, le dieron ganas de hacer pupú. 
Escuchó que rechinaba una puerta, escuchó voces y salió a esconderse; corriendo, atravesó la habitación y dio con un acceso al baño. Empujó la puerta con su cuerpo entumecido de miedo. Caminaba a hurtadillas por todos lados, nerviosa, ansiosa. Se montó sobre la poceta, intentando alcanzar la ventanita entelarañada por donde entraba la luz de la bombilla de la calle. Escuchaba las voces cada vez más cerca. Escuchó dos voces. Doblegada por la imposibilidad de escalar la pared, se asomó por la rendijita de la puerta y vio una sombra que se escondía en el interior de un armario de madera. Se acercó, interesada por lo que había visto, y las voces entre risas de una mujer y un hombre besándose le removieron el temor. 
La mujer era gorda y tenía los senos caídos; el hombre se los besaba desesperado. Caminando de espaldas, besaba a la mujer mientras la desnudaba de a poco. Se quitó el pantalón. La mujer se agachó frente al hombre. Ana decidió salir corriendo e intentar saltar por donde había entrado; sin embargo, su brinco no fue suficiente para alcanzar la ventana abierta y decidió rápidamente volver atrás para tomar impulso. Retrocedió velozmente y sin ruido, tomando una distancia para alcanzar la ventana, y al girar la mirada, Ana se encontró con la mirada de la mujer. Ana se paralizó de miedo como un reloj sin pila. La mujer le sonrió, le guiñó el ojo, y metió su cara entre las piernas del hombre. Ana siguió mirando, estupefacta. El hombre gesticulaba, suspiraba, y revoloteaba la cabeza, y sus manos empujaban la cara de la mujer entre sus piernas. 
Ana retrocedió un poco, paso a paso, sigilosamente como un fantasma. La lluvia había bajado su intensidad; lloviznaba poco, pero la calle aún era un río.  Ana deseaba salir de la habitación, así que, sin dejar de mirarlos, caminó hacia atrás con sigilo, hasta que el frío de la pared le puso límite a su retroceso. Pegada a la pared, frente a ellos, en posición de defensa, fisgoneaba el apogeo de la pareja, que se balanceaban como si fueran olas del mar. La mujer se acostó en la cama y subió las piernas en posición de recibir. El hombre empezó a besarle los senos escurridos a la mujer, a lamerle entre las piernas, la panza, los pies, el pubis. El hombre le babeó todo el cuerpo, se desnudó completamente y comenzó a balancearse encima de la mujer. Sudaban, gemían. Pegaban gritos y vociferaban palabras ininteligibles. Ana caminaba hacia atrás uniformemente, atenta, sin perder de vista a la pareja, que seguía en su apogeo. 
   A Ana le parecía un acto gracioso, singular y bonito. El clareo de un rayo alumbró la habitación a través de la ventana abierta y, al rato, se escuchó el trueno, fuerte. El hombre levantó la cara y sorprendió a Ana, que intentaba escaparse por la ventana. El miedo la obligaba a abandonar la habitación, pero algo en su cuerpo, su instinto animal, le suplicaba que viera, que se quedara observando aquella escena humana. 
   El hombre no le hizo caso y siguió tocándose con la mujer, que ahora lo ahogaba con sus nalgas; se meneaba como un gusano gigante, abría las piernas, de arriba abajo, miraba al techo, cerraba y abría los ojazos, que, al mismo tiempo, le giraban y se le blanqueaban. La pareja se reía; los ojos se les pintaban de colores vivos para volver a blanqueárseles. La voz se les mitificaba. El acto humano le producía a Ana algo nuevo en ella: el efecto del movimiento, la similitud de los dos cuerpos danzando uno encima del otro en un bamboleo exquisito, en una respiración sápida. 
Un ruido, otro ruido, otro ruido le llamó la atención. Provenía del clóset cerrado. Una sombra delicada la perturbó; se acercó porque sentía la presencia de alguien, olía a alguien. Arañó la puerta intentando abrir, pero la respiración que escuchaba provenía del clóset la hizo retroceder. Otros ruidos, casi imperceptibles, la alteraron. Su instinto le prevenía de alguien escondido en el clóset: ¿un fotógrafo, un dibujante, un espía? Sintió el golpe de un zapato que el hombre le había arrojado desde la cama con odio. 
Con todo el miedo del mundo y todo su esplendor, se obligó a retirarse. Ana logró saltar por la misma ventana por la que entró, impulsada por el hostigamiento del hombre, quien evitó a toda costa que fisgoneara en el clóset. Cayó en la acera. Caminó por donde había venido, saltando los charcos de la calle. Iba sin rumbo, mojada, poseída por el miedo a que la olvidaran. 
Caminó varias calles esquivando los charcos de agua. De pronto, escuchó algunos gritos: <<!Ana!, ¡Ana!, ¡Ana!>>. Y también escuchó gritos dentro de la casa donde había estado: la mujer gritaba <<!enfermos!, ¡perversos!>>. Ana miró hacia atrás; reconoció la voz de la mujer y quiso volver en su ayuda. Pero una niña se le acercó; venía corriendo a hacia ella gritando su nombre: <<!Ana!, ¡Ana!>>. La niña la levantó en sus brazos, y con su rostro lloroso la besó como a una muñeca o a una hija. Estaba mojada, con una sombrilla en la mano que poco la había cubierto de la lluvia. Atrás, una mujer esperaba contenta. Se le alumbraron los ojazos a la niña. Ana maulló de felicidad. La niña la cubrió con sus brazos, dándole seguridad; le daba besitos mientras regresaba al carro. 
Ese día Ana tuvo otro interés y sabía el lugar, podía acordarse; tuvo el descaro de marcarlo. Quería conocer por qué alguien se escondía en el clóset y qué había pasado con la mujer que gritaba como loca. Cuando Ana se escapa, pone la casa de cabeza.  La niña, desde entonces, sabe dónde encontrarla. Ana es tremenda, como toda adolescente que es: inventa mucho y se escapa cuando le provoca. Y no sabe que ese día su curiosidad frustró los planes de dos hombres que filmaban sin su consentimiento a una mujer teniendo sexo.  

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Biografía

Jairo Prieto Macías (Ocumare del Tuy, Venezuela, 1987) es editor, poeta y narrador. Cursó estudios de Comunicación Social y Literatura. Participó en diversos encuentros literarios en distintas regiones de Venezuela. Como facilitador, ha impartido talleres de creación literaria en las modalidades de cuento y poesía. Ha publicado los poemarios Cuánto pesa un río ( 2006); Primicia de huesos ( 2012); Inmolaciones ( 2020), siendo traducida al portugués y al francés e incluida en antologías latinoamericanas. Además, ha incursionado en el ámbito audiovisual, realizando guiones cinematográficos para cortometrajes de ficción y documentales.