E n la primera semana de trabajo como administrador de la familia Hurtado, se me entregó un sobre para que lo llevara de una ciudad a otra. Según la vieja Simona, era algo urgente y no podía ser enviado por extraños. Ella me ha contratado como asesor de sus bienes, así que mi obligación es cuidar de su dinero. La vieja tiene la cara estropeada por la angustia de podrirse sola; piensa que todo el que se le acerca es para aprovecharse de ella. Es una mujer de ánimo desanimado. Su cara de vieja opaca su cuerpecito de adolescente. Yo tomaba el café que me ofreció, y escuchaba atento, observándole el rostro. Por lo escurrida de su piel, le calculo 50 años; sí, 50 años, creo que ella misma me lo dijo. Su voz es ronca y amable; su mirada, sudada y amarillenta. Cada frase la piensa bien. Al hablar, en sus ojos se asoman pajaritos, mariposas... Cuando Simona habla, se hace un ruido de jardín; es la mirada más hermosa que un ser humano puede tener. Anhui dice que la v...
Jairo Prieto Macías