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Dama de Noche

 


 

Ahí, ahí, justo ahí, al lado de ese banco verde, estuve sentado durante largo rato, quizás dos o tres horas... ¡no!, quizás cuatro; sí, creo que cuatro, porque recuerdo que apenas se escondía el sol como siempre lo hace; y todos sabemos que el sol abandona nuestra vista como a las seis. Sí, justo a las seis comienza a ocultarse para alumbrar el otro lado de la Tierra. Estuve sentado con la cámara fotográfica justo al frente de la flor. Nunca la había esperado tanto rato (eso no sucede todo el tiempo); ahora la espero, listo para la foto.

La flor sólo abre de noche. No recuerdo cuántas veces se me encalambraron las piernas de estar sentado allí, con mi cámara, frente a frente. Según mi mamá, la flor abre y se oculta rapidito, y no vuelve a abrir más. Ahí permanecí sentado, no sé cuánto rato; ya me quejaba de mi ridícula espera. Es que nunca me ha agradado esperar y es por eso que no tengo novia: a la que iba a serlo no la esperé el día de la cita. Pero ya se me olvidó su nombre, o por lo menos no quiero acordarme ahora. Justo ahora que quiero entretenerme para no pensar en ella, ¡y la dama de noche que no abre rápido!

La foto será para mi madre; quiere tenerla de recuerdo. Es la única planta que queda de la prima Rosa. Ya ella no vendrá por estos lados. Después de que las mujeres se casan, pierden el hilo de la familiaridad. Sólo hablan con uno por teléfono cuando se cumplen años o un pariente muere; de resto, no se sabe nada más. Mi madre quiere ver la planta, pero no puede pararse de la cama. Está en sus últimos suspiros y yo, nostálgico, le hago todo. Todo, todo lo que ella me pida. Algo que nunca hice cuando se podía valer por sí misma, porque nunca le había hecho caso a su palabra como ahora.

Hago todo lo que me pide, voy rapidito a realizarlo. Ya sabemos que algún día morimos; o, por lo menos, eso lo dicen todos. Y así me criaron: con que algún día vamos a morir. Por eso debo hacer todo rápido, para no quedar en deuda en la Tierra con nadie, y menos con los que están al borde de la muerte. Porque nadie sabe a dónde va el alma cuando el cuerpo cierra los ojos para siempre. Por eso sigo aquí, sentado, esperando que la maldita flor abra de una vez por todas para salir de esta espera tan jodida.

 A mí nunca me había importado nada de la prima Rosa, pero a mamá sí. Ella siempre me hablaba de sus andanzas por Finlandia. «¡Mira esta foto de la niña!», decía mamá. Y cuando la prima me nombraba en una de las cartas, mamá decía que le contestara. Pero como a mí nunca me importó nada de ella, mi madre entonces escribía por mí y le enviaba una foto mía. Rosa sabía muy bien que no era yo quien escribía la cariñosa carta y mucho menos el que enviaba la foto. A pesar de que nos dejamos de tratar desde que salimos del colegio, nos conocíamos muy bien. Sabíamos que no contábamos el uno con el otro.

No recuerdo por qué no nos soportamos. Desde niños, jamás pasamos de un saludo. A mí nunca me ha importado nada de nadie. Nunca he tenido amistad con nadie. ¿Por qué querría yo ver las fotos de sus hazañas? Apenas nos saludábamos cuando venía a visitar a mi moribunda madre. Creo que Rosa me detestaba. No sé la razón, no la recuerdo. A veces creo que el amor que ella sentía por mí se le reventó por dentro y se convirtió en odio. Sí, Rosa y yo nos amamos en silencio. ¡Ahora lo único que quiero es que abra la flor, esta maldita flor que Rosa le regaló a mi madre! No hubo razón para que trajera la dama de noche; un día apareció así como así diciendo, con una sonrisa que le iluminaba la cara: Tía, mira lo que te traje.

Y enseguida mi madre me ordenó que la sembrara en el jardín. Jamás pensé tan mal de Rosa como en ese momento. ¿Por qué le regaló esa planta a mamá? Cavé un hoyo, de mala gana pero lo cavé, calándome a Rosa, que enseguida empezó a darme instrucciones sobre el cuidado de la planta.

Ahora, justo ahora que me quería ir lejos de esta ciudad, irme a Mérida, quizás a Trujillo, viene a ponerse mal mamá, y nada sale bien. Ni la economía se salva, todo está en crisis con mamá. El país se está cayendo a pedazos. Estoy solo con mi madre, conmigo es con quien ella cuenta. Ya mis hermanos están casados. ¿Saben qué pasa con los casados, verdad? Mi madre, desde que yo era pequeño, siempre dijo: «Sólo cuento contigo, hijo, sólo contigo», y en este momento no quería decepcionarla. Quería que muriera en paz, que se llevara un buen recuerdo de su pequeño hijo a la muerte, que esta sea la última petición de dolor que yo le cumpla. Por eso me mantuve ahí, sentado, esperando que la flor abriera mientras mamá estaba viendo televisión. Así la dejé, viendo un programa sobre la reencarnación. Me imagino que ahora que se acerca a la muerte quiere reencarnar en otro cuerpo. Qué inocencia. O tal vez no, capaz la fe evite que muera, su cuerpo pueda vivir más años, y así yo pueda iniciar, en muy pocos meses, mis viajes sin mapas hasta Finlandia.

 A las nueve de la noche estaba la flor abriéndose lentamente. Preparé la cámara. Me puse en la posición más incómoda que pude para tener una bonita foto. Y todo por mamá, que quería ver el fruto del regalo de mi prima. La flor comenzó a abrir; su cuerpo blanco iluminaba mi curiosidad con su belleza. Su boca soltaba un olor amoroso. Se pintó de fucsia y, en el centro, un extraño color entre amarillo y sepia. ¡Es verdaderamente hermosa la dama de noche! Tomé cuantas fotos pude. Desde que comenzó a abrirse hasta que se desparramó toda, el olor no cesó. Un evento rápido: de una vez se desmoronó en pétalos. Logré tomarle muchas fotos, y me dio curiosidad el nombre, extraño para una flor. Al parecer, dijo mi madre en una conversación chistosa, la planta se llamaba así porque abría su cuerpo de noche, todo perfumado, igual a las mujeres que se pintarrajeaban y se untaban perfumes afrodisíacos para llamar la atención de los hombres con sus cuerpos aromáticos.

Días antes, cuando estuve esperando a la chica que iba a ser mi novia pero me aburrí de esperar, me fui a tomar fotos por la plaza. El rollo que compré era para unas veinticuatro fotografías y guardé para hoy la disponibilidad de unas diez fotos. Son esas diez fotos las que le tomé a la dama de noche.

Fui contento a mostrarle las fotos a mamá. La noche estaba sin estrellas. Una luz atravesó el cielo oscuro. Hacía frío. Las luciérnagas sobrevolaban el jardín. Había una neblina dentro de la casa. Caminé a la habitación de mi madre. Tosía, se quejaba, apretaba el cuerpo como si estuviera reteniendo el alma que se le iba. Me paralicé. La vi morir. El mundo se aquietó. Me dolía todo el cuerpo. Estuve toda la noche sentado, viéndola ahí tirada con cara de muerta. Al día siguiente la enterramos. Mi tía Isabel, la mamá de Rosa, se encargó de todo. Ahora solo me queda recordarte, verte en los ojos de la gente que te conoció, en los sitios; acordarme de ti y saber que andas por ahí apareciendo, como dicen que andas. Por mi parte, te pinto las fotos que no pudieron ser reveladas porque la cámara se dañó. No tengo fotos del día de la plaza ni de la flor de la dama de noche que querías ver cuando no pudiste pararte de la cama, pero ahora pintaré cada recuerdo para ti, para tu fantasma.

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Biografía

Jairo Prieto Macías (Ocumare del Tuy, Venezuela, 1987) es editor, poeta y narrador. Cursó estudios de Comunicación Social y Literatura. Participó en diversos encuentros literarios en distintas regiones de Venezuela. Como facilitador, ha impartido talleres de creación literaria en las modalidades de cuento y poesía. Ha publicado los poemarios Cuánto pesa un río ( 2006); Primicia de huesos ( 2012); Inmolaciones ( 2020), siendo traducida al portugués y al francés e incluida en antologías latinoamericanas. Además, ha incursionado en el ámbito audiovisual, realizando guiones cinematográficos para cortometrajes de ficción y documentales.

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