Digamos que son las dos de la tarde, o
quizás sean las tres, da igual; el sol es inclemente como si fueran entre las
dos o las tres de la tarde. No tengo reloj y la gente que pasa a mi lado está
muy apurada como para detenerse a decirme la hora. Miro el sol y me digo, deben
ser como las dos de la tarde, o quizás sean las tres, da lo mismo.
Hoy salí temprano del empleo. Mi jefa llegó
alegre porque le subieron el sueldo, me brindó el almuerzo y me dijo: Jairo, si
quieres te vas, y yo, ni tonto pero un poco perezoso, salí de la oficina. Bajé
al metro y me vine a esta avenida. Vengo todas las tardes de lunes a viernes, y
al salir del metro me reciben siempre los mismos gritos: ¡agua, agua!, y los
buhoneros salen corriendo.
Baralt fue un tipo callado, bastante
educado, de voz chillona como todos los Maracuchos. Se destacó como escritor,
historiador, filólogo y periodista. Nació el 3 de julio de 1810, cuando germinó
la primera república. Esa república por
la que tantos murieron.
Siempre me detengo frente al mural de
Manuela y Bolívar; están unidos en un abrazo sobre el lomo de un blanco caballo
que galopa quién sabe a qué destino. Salgo del metro y me quedo mirándolo por
varios minutos. Me gustaría preguntarle a Pavel Egüez en qué pensaba cuando
creaba la ilustración, o en quién. El sol hace resplandecer el azul frenético
de la obra maravillosa que sorprende frente a mí. Cada vez que salgo del metro
para montarme en la camionetica de Los Mecedores, me quedo fisgoneando el
mural, y me digo que fabuloso mural, y en esos minutos escucho muchas veces que
gritan: ¡agua, agua! Y los buhoneros
salen corriendo.
Miro el mural y pienso en ti, en lo que no
fue, en lo que no será. Es horrible despertarse deseando el cuerpo de la mujer
amada que jamás volverás a ver. La conocí una tarde que acompañaba a un amigo a
un recital de poesía. Mi amigo recitó, y a los dos nos gustó la misma mujer. Yo
me adelanté; supongo que le gusté más o me intimidó su belleza menos, quién
sabe, sabemos lo misteriosa que es la vida. Estuvimos de novio por pocos meses,
ella sentía que no la amaba, y prefirió dejarme. Al mes se enamoró de mi amigo,
y ninguno de los dos quiso seguirme hablando. Yo miró el mural y pienso en ti,
en el amor, porque Manuela y Bolívar capaz sintieron también estos tormentosos
retorcijones de barriga cuando no se podían ver.
Las
últimas semanas me he puesto a escribir, a mirar cosas y entretenerme para no
pensar en ti, y en tu desprecio; aunque quiero confesarme que te amo todavía.
Para entretener a la tristeza he pensado de cómo deberían ser las cosas. He
planificado la ciudad. Lo primero sería hacer una vialidad adecuada y comprar
autobuses decentes y no estos transportes para cerdos donde nos montamos o
encaramamos como podemos. De las cosas que más odio de la ciudad es el transporte
que es una verdadera humillación. En segundo lugar, crearía un plan de vivienda
bien organizado y que la ciudad tenga a disposición de todos todos los
servicios para que todos seamos felices. Y por último crearía dos materias
obligatorias en el secundario: Educación vial y clases de salsa porque
sinceramente es un horror que nadie baile bien.
Es lunes y mi clase será sobre periodismo
informativo. Debo entregar una crónica; no sé, no tengo tiempo para escribir,
pero les contaré como en la avenida Baralt, cuando se dice agua, significa
correr, correr.
Me inscribí en la Universidad Católica
Santa Rosa porque tiene un precio accesible; bueno, lo tenía cuando ingresé.
Para llegar a la universidad uno debe bajarse en la estación Capitolio del
Metro de Caracas, se dirige a la salida de la izquierda -- siempre a la
izquierda, porque la derecha roba mucho --; uno sale y espera, en plena avenida
Baralt, la camionetica que sube a Los Mecedores, que es la ruta que va a la
universidad se demora en pasar cada media hora.
Cada tribu tiene su jerga. Su código
secreto, así el entrometido que escucha no entiende que se quiere decir. Cuando
dicen agua significa guardar todo que viene la policía. Con solo esa palabra me
parece que resumen un montón de palabras que, de igual manera harían correr a
los buhoneros. ¡Agua, agua! No se confunde con la bulla de las motos y los
carros que se comen las luces del semáforo, a pesar de los ochos policía
nacionales que intentan controlar el tránsito. Los cláxones, el grito de los
pregoneros, borrachitos que gritan y los colectores que recitan ¡Panteón,
Panteón, Hospital Vargas, Tribunal Supremo!
Y a cada rato se escucha ¡agua agua!, y los buhoneros salen corriendo.
Una señora pregunta la hora, y otra
responde: son las tres y media de la tarde. Caigo en cuenta de que he pasado
una hora y media viendo la avenida, esperando la camionetica de Los Mecedores,
pensando en ti mujer. ¡Mototaxi, mototaxi! ¡Café, manzanilla, chocolate!
¡Panteón, Esquina de Salas, Tribunal Supremo! ¡agua, agua! El ritmo urbano, los
cláxones, los policías todopoderosos que caminan con elegancia imperial y van
quitando la mercadería a los desempleados que se han hecho buhoneros para
sobrevivir ante el costo de la vida. Le piden la cédula a quienes le da la gana
y le hacen perder el tiempo. ¿Cómo se siente una mujer a la que piropeen por su
escote, sus grandes senos y sus muslúas piernas?, ¿Cómo se siente un policía
que con sólo caminar le basta para espantar a los buhoneros?, ¿Cómo se siente
un fiscal que libera a un corrupto que ha arruinado el país? ¿Cómo se sienten
los corruptos ante las penurias de todos? Asumo que no sienten nada.
El
desamor se siente igual que cuando la camionetica que has esperado durante
media hora no se detiene. Además, lo que realmente sé -- porque lo estoy
viviendo justo ahora que había planificado tantas cosas con ella --, en este
momento, sólo sé cómo se siente un hombre cuando su novia lo deja por un amigo,
y no es nada agradable, no se lo deseo a nadie. Así de estúpido es el desamor:
el mundo cayéndose a pedazo y yo pensando en una mujer.
Como necesito escribir mi crónica pienso las
razones porqué dicen agua, y no: sapos, maricos, ladrones, o algo más. Me
encuentro a un amigo que viene a la universidad, no aguanto la presión de la
curiosidad y le pregunto, ¿por qué dicen agua y no otra cosa? Entonces mi amigo
se sorprende y me mira como se ve al inocente acusado de un crimen y responde
— Es
lógico, Jairo, lo que se moja no se vende, da igual si se moja o te lo quita la
policía
Me
inquieta su respuesta y le formulo otra.
— ¿Cómo
sabes que es por eso?
— Yo
también soy buhonero.
Se
borra la risa de mi boca y lo miro sorprendido.
— Desde
cuándo.
— Siempre
lo he sido, mi mamá no ha hecho otra cosa que eso. Así pago el alquiler de mi
casa y la universidad.
Pienso en la situación e imagino lo difícil que
es vivir de la buhonería, y le pregunto: es arrecho verdad, estar corriendo
todo el tiempo. Observa mi cara de iluso y responde; Jairo nada es fácil en la
vida, y más si el gobierno te la pone más difícil todavía.
La avenida Baralt se place en su locura,
en su bulla, en las caderas que se balancean esquivando los carros, los
mototaxis y los policías. Toda la gente, cuando llega a la avenida Baralt, se
apura, correr sin razón, se empujan; es como la condición innata de la avenida
para atravesarla, el caos del progreso.
Las grandes edificaciones que se
encuentran en la avenida Baralt se construyeron a mediados del siglo XIX y
principios del XX, las del siglo XVIII no sobrevivieron a los terremotos y la
modernización. En 1945 se ejecutaron proyectos para su reestructuración. Las plazas, y los bloques El Silencio, el
Centro Simón Bolívar en los años 50, que hoy son el icono de la ciudad de
Caracas. En los años 80 nació el metro, y el acceso a la avenida fue mucho más asequible
para los que necesitamos venir desde el este de la ciudad. La congestión es
implacable, no cabe ni un alma más, ni siquiera una palabra más en el aire.
Irrumpe mi pensamiento los gritos
desesperados del centinela: ¡agua, agua!, y los buhoneros corren, corren. Por
fin se detiene la camionetica de Los Mecedores, logramos montarnos, y le
comento a mi amigo, que logra guindarse en la puerta de la camionetica, apurado
para no llegar tarde a clases.
— Es
arrecho vender así, es preferible trabajar en una vaina más estable - le
comento casi a grito.
— No
hay mucho trabajo para elegir, además, hermano, el comercio da plata, me responde
con un gesto en la boca, y me pasa su pasaje estudiantil.
Es increíble el impacto de los policías que
caminan y los ahuyentan. El impacto de la inflación y la escasez en cada uno de
nosotros. Economía destructiva de los espíritus. Las ganancias de algunos por revender
las mercancías. El hambre de otros ofreciendo medias o plantas en las calles.
La policía que te quita la mercadería. Los millonarios tristes en la tv porque
los impuestos a los autos italianos son un abuso de poder. Aquí estamos los
dos, y muchos, dentro del caos de la avenida, capaz la más antigua del país.
Una arteria vial, una avenida, una comunicación, un país, un mundo. Mi amigo
colgado en la puerta y yo con mi corazón roto, con un despecho terrible, porque
me han dejado.
Todos los días se diferencian de todos los días
aunque se haga lo mismo. Un mototaxista que se accidenta. Un buhonero que no
logra vender nada. Alguna marcha contra el gobierno, otra a favor. Un policía
que se queja de su sueldo. Una mujer que exhibe sus senos operados. Una pareja
que pelea y se reconcilian unas cuadras más arriba en el cine Baralt. Alguien
es robado. Un invidente pide ayuda y todos lo ignoran. Un carterista busca
víctima. Un hombre le desea la novia al amigo (vas a seguir Abigail). La tarde comienza
a pintarse de noche. El transito es insoportable. ¡Agua, agua, agua, agua!
Queda el eco en la avenida. El mural de Manuela y Bolívar amándose eternamente,
huyendo de la muerte histórica. Ignorando con su amor inmortal lo que los políticos
hicieron con este país empobrecido.
Bajé de la camionetica. Compré un
cigarrillo y suspiré por el logro de llegar a salvo. Entré a la universidad, crucé
el torniquete y vi a los amigos, los compañeros de clases. Este es el momento
donde logro no pensar en ti, traidora (y sigue el lloriqueo). Voy saludándolos
a todos. Atrás creó dejar el mundo cruel. Pero sólo cambio de ambiente, menos
bulla, menos miedo. Exámenes finales. Próximos trabajos. Acá, también, todo
tiene precio.
Caracas,
2011.