Hace algún
tiempo, Mauricio se había despertado convencido de ser un pájaro. Seducido por la
frescura del viento, extendía sus brazos imitando a uno muy grande. Cuando lo
hizo por primera vez, nos sorprendió por su ocurrencia y le ofrecimos risas
sinceras. Con el tiempo, eso de andar estrellándose contra el suelo como un
aeroplano humano no le hacía gracia a nadie. Las miradas de burla fueron
sustituidas por las de miedo, incluso de odio. Mauricio, cada mañana,
atormentado, saltaba de un lugar a otro intentando volar, cayendo de pecho al
suelo.
Todo comenzó, dicen los que lo conocieron, que un día se
levantó de la mesa de un bar en la que compartía con sus amigos y declaró que
soñó con ser pájaro y que cumpliría su destino. Agarró la botella de ron que
estaba por la mitad y se la tomó de una sentada.
— ¡A tu salud, mi amor! -gritó.
Salió aleteando y cacareando. Las burlas se mezclaban con
la lástima porque todos sabían que aquel hombre no había superado la tragedia;
los consejos que por meses le habían dado sus amigos no pudieron sacarle
palabras. Mauricio bebía y no decía nada. Lo echaron del trabajo y su olor
delataba meses de un aseo descuidado. Eso es lo que se dice del hombre que
ahora todas las mañanas está brincando y aleteando al salir el sol hasta el
atardecer. En el barrio donde vivía, los vecinos se habían sorprendido de cómo
un hombre ecuánime y trabajador se había convertido en esa piltrafa humana.
Al pasar el tiempo, no le era raro a nadie ver a aquel
hombre que tomaba impulso y se echaba a volar dando saltito en saltito. A veces
perseguía mariposas, libélulas, abejitas, y coleccionaba imágenes de caballitos
de mar con las que empapelaba las paredes de su casa. Atravesaba las calles
aleteando, esquivando automóviles que lo insultaban con el sonar de las
bocinas. Todos los días salía de su casa y se quedaba en la misma esquina de la
avenida. La gente de siempre se sonreía al verlo —Pobre tipo, decía alguno. Era
habitual escucharlo cacareando y aleteando como un loco. Algunos le decían Pájaro
loco, y lo veían con indiferencia. A él ya no le importaba nada en el mundo más
que aletear. Creía fielmente en la evolución de las especies. Amó a una mujer,
se casó y tuvo hijos; ellos murieron en un accidente ferroviario. Esa era una
de las versiones que se popularizaron. También se dice que trabajó en un
psiquiátrico y que los locos lo secuestraron por meses y lo devolvieron así, con
el espíritu roto. Al pasar el tiempo, las versiones iban cambiando y lo que lo
conocieron ya no se acordaban cuál de todas las versiones era la verdadera.
Dicen los que lo conocieron antes de que se volviera loco
que fue cuando enviudó que empezó a creerse un pájaro; otros dicen que la
policía se lo llevó el día de la protesta nacional y lo devolvió así. Desde
niño, su vida tuvo decaídas. A los doce años conoció el desamor. A los diecisiete
fue a un burdel: se deprimió como nunca y se avergonzó de sí mismo por haber
pagado por lo más sencillo del mundo. A los veintitrés se casó, tuvo dos hijos y
a los veintinueve quedó viudo.
Durante dos años nadie supo de Mauricio. Su mamá también
desapareció y, sin embargo, dicen que en su casa se escuchaban ruidos extraños:
cacarear de gallinas, lloriqueo de niños y ese silbido particular que sólo hace
el viento.
Las sospechas sobre la desaparición de Mauricio se
atribuyen a la policía. Dicen que fue detenido en una protesta en el centro,
mientras que otros aseguran que se perdió en las montañas, conducido por el
dolor de la pérdida de su esposa. Algunos otros afirman que, en realidad, quién
mató a su esposa fue él — y que no fue un suicidio, como se dijo, ni un
accidente ferroviario como también se dijo, porque como todo el mundo sabe, en
el barrio no hay tren— razón por la cual la policía lo detuvo y, quién sabe por
cuál razón, el juez lo dejó libre.
Para él, ahora, lo
único que le quedaba en esta vida era volar. Diariamente se exponía en la calle
como una marioneta de su ilusión fracasada y se estrellaba contra la dureza del
asfalto. No hubo dolor que lo aquejara, como tampoco camisa de fuerza que le
impidiera continuar con su empresa de caminar entre las nubes. La gente lo
evitaba; preferían cruzar la calle antes que pasar por su lado.
Siempre en la misma esquina, corriendo de un lado a otro
con sus brazos abiertos, aleteando y haciendo con sus labios sonidos guturales
de pájaro loco. Pasado el tiempo, la gente caminaba sin prestarle mayor
atención y Mauricio, ya de 50 años o más, se volvió parte de la nada, de lo
ignorado; Un loco más, decía la gente. La madre de Mauricio, acostumbrada a las
extravagancias de la vida, no se preocupaba; hacía su vida como si nada pasara.
Evitaba hablar con sus vecinos y ellos evitaban pasar frente a su casa como si esta
estuviera contaminada por alguna peste.
Nadie quería pasar frente a la casa de la vieja bruja y
del hombre pájaro. Se cercó para evitar que los curiosos o los perdidos
entraran a esa casa rara. Cuando hace frío, la neblina crea una atmósfera de
terror, y de tanto mirar esa casa, uno puede ver sombras. La municipalidad,
después de despedir a todo barrendero designado que se negaba a trabajar cerca
del lugar, tuvo que aceptar que por precaución nadie se acercara allí. Incluso,
el día que murió la hermana de Mauricio, los policías tuvieron que hacer piedra,
papel o tijera para que ingresara el menos afortunado. Ese policía que ingresó murió
a los pocos meses en un enfrentamiento, y los dos bomberos que retiraron la
camilla, meses después, murieron en un incendio en una fábrica al otro lado de
la ciudad.
Primero se pensó acordonar la casa con una cinta que
advirtiera del peligro; entonces, organizaciones vecinales de derechos humanos
salieron en la televisión denunciando la discriminación. Cuando Mauricio hacía
sus vuelos de hombre pájaro, la gente cruzaba la calle para evitar estar cerca
de él, incluso los policías y los vendedores de droga de turno. La madre, las
pocas veces que salía al mes, se iba caminando calle abajo sin parar y quien
sabe hasta dónde. Nunca se le vio una bolsa de alimentos y siempre estuvo
vestida igual. No cruzaba palabra ni mirada con nadie. Los vecinos, al verla,
salían corriendo como si estuvieran frente a un fantasma, y los perros y gatos
metían las colas entre las patas y no se atrevían a ladrarle o aullarle hasta
tenerla lejos.
Hubo protestas. Una señora gritó que salieran los
militares, que pusieran orden, que esta juventud estaba podrida y que no hacía
más que libertinaje que había muchos negros en la ciudad por culpa de sus
padres negros; y otros declaraban a la prensa que esa casa había que
derrumbarla y que los metieran presos a todos...
— ¡Ya basta, ya basta!, gritaban los protestantes en
contra de la discriminación.
Se convocó una marcha nacional por la demolición de la
casa, y otros convocaron una contramarcha antidiscriminación. La televisión
estuvo averiguando todo lo ocurrido en esa calle: se consultó a expertos
internacionales, clarividentes chinos que leían el viento, abogados, jueces,
políticos, vedettes, expolicías, narcotraficantes, youtubers y otras
personalidades influyentes de la sociedad civil para que todo el pueblo
participara y democráticamente se decidiera que hacer con esa casa de la vieja
bruja y del hombre pájaro. Los bancos crearon un seguro por el riesgo de
cruzarse al hombre pájaro o con su madre; los psicólogos tuvieron que hacer
horas extras para poder atender el pico de estrés generalizado en la comunidad.
Un vecino asegura que siguió cautelosamente a la madre
del hombre pájaro; la persiguió durante una hora y hubo un momento en que
parecía que la vieja bruja no caminaba, sino que levitaba… Cuando el vecino que
la seguía cerró los ojos, sorprendido por lo que estaba viendo, al abrirlos la
vieja estaba frente a él; Usted es muy curioso, y la curiosidad es pecado, le
dijo. De ese vecino dicen que se volvió loco, que se enamoró de su computadora
con la cual quería casarse y nadie más lo ha vuelto a ver.
Los periodistas argumentaban, respaldados por fuentes
secretas e inexistentes, que el hombre pájaro era inocente del crimen que se le
acusaba porque estaba atormentado por la madre que era una vieja bruja, quien
lo indujo a el acto prohibido. Programas enteros se dedicaron al hombre pájaro.
Semanas después, parece que el hombre que había convocado
una marcha para pedir que demolieran la casa satánica provocó la muerte de su
pareja en un ataque de celos; al parecer, cuando la estuvo persiguiendo por la avenida,
cruzó la calle sin ver a los lados y la atropello una moto. El hombre
desapareció para siempre.
Desde ese día, a la vieja bruja le empezaron a decir doña
muerte. También se dijo que ella había matado a su hija, que tendría unos diez
años y era parapléjica; según aseguran algunos buenos vecinos, la niña había
comenzado a padecer esclerosis múltiple a los cinco años; un castigo divino,
según decían, por culpa de su madre, que era una bruja maligna.
Mauricio, con
los años, fue olvidado por sus amigos, y se convirtió con el tiempo en una
amenaza llamada el loco. Se les prohibió a los niños de la comunidad acercarse
a la casa, asegurando que esos locos brujos son peligrosos como la peste. Los
intentos de vuelo de Mauricio producían escalofríos; día a día corría como un
aeroplano y se lanzaba al aíre; la gente se espantaba de verlo saltando,
atravesando la calle con su cara de loco. Murió sorprendido por unas escaleras;
algunos dicen que producto de la golpiza de dos policías; otros, que por algún
otro loco lleno de odio haciendo justicia por mano propia. Su madre asegura que
se convirtió en pájaro, y que la visita en las noches; desde entonces la madre
se balancea en la mecedora esperándolo, recitando plegarias y riéndose sola, o
con él, o con quién sabe quién.
Cada día la vieja bruja está más rechoncha. Algunos
vecinos ya hicieron sus emprendimientos: uno se compró dos binoculares, y por
el costo de cinco dólares puedes mirar a la vieja rezar; otro, para los que les
gusta la aventura y el peligro, ofrece pasear frente a la casa e incluso
saludar a la vieja, y por un extra de diez dólares se pueden tomar fotos y
vídeos frente de la casa. La municipalidad colocó una placa en la fachada de la
casa como reconocimiento al hombre pájaro, único de la ciudad. Los turistas se
toman fotos imitando los vuelos del hombre pájaro y la suben a sus redes
sociales.
No se sabe, no
hay evidencia; como todo el barrio se enteró de que la vieja habla con su hijo
hecho pájaro y de que, además, aprendió el lenguaje de las trasmutaciones,
dicen que la bruja encontró la fórmula para convertirse en un animal maligno,
al contrario del hijo, que era simplemente un pájaro enloquecido por el
arrebato de su amor. También se comenta que la vieja puede transformarse en un
ave tan grande como una gallina-avestruz, y, según ella, volar con su hijo
pájaro por los vientos nocturnos de la vida. Algunos vecinos rumorean que es una
bruja maligna, y otros dicen que simplemente esta chiflada. Como todo el mundo
sabe, las brujas vuelan arriba de los techos para chismosear; así conocen la
vida de las personas, averiguan cada detalle de sus víctimas y se la cuentan al
innombrable para que él sepa a quién puede tentar y no pierda tiros en zamuros.
Cada cierto tiempo, cuando los políticos necesitan esconder sus actos de
corrupción o la población esta convocando a marchas, enseguida la televisión
prepara reportajes sobre aquella familia desgraciada. Algunos, por redes
sociales, relatan que el hombre pájaro no murió, sino que vuela por todo el
mundo: unos dicen que lo vieron en París; otros, en Nairobi; otros, en
Medellín.
Supuestamente,
afirma una experta en la tv, que las brujas se la pasan en eso de chismosear en
casa ajena para ganarse la confianza del innombrable y así él le concede
favores: volar, clarividencia, transmutaciones, ir y venir de otras
dimensiones, y las otras cosas que ustedes ya saben que hacen las brujas. Las
peores brujas son las que preguntan todo: apenas te conocen y ya quieren saber
cada detalle de tu vida. Esas son las peores; a esas hasta el innombrable les
tiene miedo porque, con su vocecita y cara de inocente, te dejan literalmente
en la calle, eso lo decía un señor que supuestamente estudió con el hombre
pájaro. Según se cuenta en el barrio, hay brujas masculinas; se identifican
porque fanfarronean y despotrican contra todo aquel para pavonearse. Pero eso
es imposible, dice una experta del más allá, porque las brujas solo pueden ser
mujeres.
Día a día, el
mito se extiende; más gente se hace eco.
En el último programa de televisión declaró una experta
en Dios como hacer si se presenta alguna bruja. Dijo varios métodos infalibles
para su caza.
Método 1
Al escuchar el aletear en el techo, se le puede gritar con voz valiente: <<vuelve a las seis de la mañana por sal>>. Inevitablemente, al día siguiente, la persona que se transforma en bruja irá a pedir sal y, así, descubrimos quién nos fastidia convertida en animal monstruoso. Las brujas son como los oficiales de la policía secreta: Las brujas sienten debilidad por el chisme como los oficiales por el dinero y siempre terminan delatándose.
Método 2
Lo más común es
ahuyentarla con el Padre Nuestro. Ahora, si tu intención es otra, por ejemplo,
sí no quieres escucharla aletear, puedes decirle: <<Vete, animal feroz,
que primero fue Cristo que vos>>. En cambio, si quieres que se quede para
poder darle una paliza y enseñarle a no meterse en asuntos privados, le gritas:
<<Quédate, animal feroz, que
primero fue Cristo que vos>>. La bruja-avestruz-gallina se quedará,
pero no se quedará quieta: se quedará y combatirá, y te puede sacar los ojos o
el corazón a punta de picotazos.
Para
combatirlas, hay que darles una pela con ramas de yuca o guayaba, pero no es
cosa fácil. Dicen que, si logras vencerle en el combate y la amarras, al
amanecer se convertirá en el ser humano que hizo el pacto con el innombrable
para poder tener esas facultades de transformarse en gallina-avestruz.
El otro método infalible, el tercero, es que un hombre
debe ponerse el interior al revés, o una mujer debe tirar un calzoncillo de
hombre sucio al techo, pero el interior tiene que haber sido usado por un
hombre que no sea homosexual, porque el sudor es diferente, y la bruja-gallina
lo siente. Dicen los que saben de brujería ancestral que, para las brujas, un
homosexual es un sexo-limbo, como dicen por ahí: un sexo atrapado en otro sexo,
y por eso su interior al revés no las aleja.
También se dice que antiguamente se eliminaban las brujas
descubriendo quienes eran en su forma humana; entonces, cuando se escuchaba el
aletear, los vecinos entraban a la fuerza a la casa de la sospechosa y le
volteaban el cuerpo tendido; ya que, para poder transformarse, la mujer debe
desnudarse y declamar plegarias malignas; entonces el espíritu abandona el
cuerpo y se hace carne hecho gallina-avestruz mientras el cuerpo se queda
tendido boca arriba. El secreto para eliminarlas es ponerles el cuerpo boca
abajo y así, cuando el espíritu de la bruja pretenda volver, no encontrara
entrada, porque el espíritu solo entra con el pecho frente al cielo y no al
infierno. Con este método los vecinos se liberan de la chismosa-monstruo y el
innombrable se la lleva a su casa, y quién sabe qué hace con ella.
Las brujas se pueden convertir en cualquier animal, pero
la dificultad del animal depende de la experiencia de la bruja. Es similar a
los danes (rangos) del Karate: entre más sepa pelear más danes tiene; entre más
le entregues al innombrable, más poder te otorga para transformarte. Ningún
hombre puede ser brujo; eso está claro en la historia, nunca tendrá el
verdadero poder por más que lo intente. Así como Dios confiaba sólo en hombres
(los doce apóstoles y papa), el innombrable sólo confía en mujeres. La bruja-
gallina escucha a la gente, sabe sus problemas, sabe quién es el más débil para
comentárselo al innombrable, y ¡puaff!, él viene a ofrecerle una solución; los
débiles de espíritu siempre caen. Es fácil para la bruja tentar con riquezas
fáciles, ofreciendo los secretos de la felicidad, la riqueza y el amor a cambio
de atención, pero no de dinero; las brujas que te ofrecen ser millonario en
pocos pasos en realidad te están estafando: el innombrable le llama la pirámide
del ojo tuerto. Así, entre más incautos logre convencer de entregarles el alma
al innombrable, en más animales podrá convertirse, hasta poder ser nuevamente
una niña.
Nadie en el pueblo me cree que he visto a Mauricio,
aunque sí han visto duendes, fantasmas y santos. La policía sigue llevándose
jóvenes estudiantes por alguna u otra razón y dicen que los torturan. A los
delincuentes comunes los dejan a su libre albedrío como dicen las sagradas
escrituras, pero a los estudiantes los odian; a veces sospecho que trabajan
para el innombrable. El problema de todo esto, lo realmente difícil, es no
parar en loco, no perder por completo la sensibilidad a tal punto de enloquecer
a nuestro propio hijo haciéndolo creer que es un pájaro. En el fondo, todos
ignoramos las voluntades de nuestra propia alma.
Dicho todo esto, lo mismo da si me lo contaron, si soy un
incauto, el innombrable, el hombre pájaro, la madre o un vendedor de humo
piramidal.