En la primera semana de trabajo como administrador de la familia Hurtado, se me entregó un sobre para que lo llevara de una ciudad a otra. Según la vieja Simona, era algo urgente y no podía ser enviado por extraños. Ella me ha contratado como asesor de sus bienes, así que mi obligación es cuidar de su dinero. La vieja tiene la cara estropeada por la angustia de podrirse sola; piensa que todo el que se le acerca es para aprovecharse de ella. Es una mujer de ánimo desanimado. Su cara de vieja opaca su cuerpecito de adolescente.
Yo tomaba el café que me ofreció, y escuchaba atento,
observándole el rostro. Por lo escurrida de su piel, le calculo 50 años; sí, 50
años, creo que ella misma me lo dijo. Su voz es ronca y amable; su mirada,
sudada y amarillenta. Cada frase la piensa bien. Al hablar, en sus ojos se
asoman pajaritos, mariposas... Cuando Simona habla, se hace un ruido de jardín;
es la mirada más hermosa que un ser humano puede tener. Anhui dice que la vieja
está así por la soledad, que la vieja Simona está más sola que una luciérnaga,
y que esa es la mirada que le queda.
La casa es grande
y fría; no le conozco familiares ni amigos. Todo consistía en estarme con ella,
ayudándola en lo que me necesitara. Las cartas estaban echadas: ¡esta
oportunidad la había esperado por años!
La casa de Simona se explaya por dos cuadras; está construida al borde
de la colina. Es domingo. El personal de servicio está en su día de descanso. Desde
la terraza se ve la ciudad al alcance de la mano; es la vista más hermosa que
he percibido de la ciudad. Se ve el serpentear de la avenida principal; las
luces encendidas de sus mal situados edificios la hacen ver como un pesebre.
Llegué a casa contento. Conversé con mi esposa sobre todo lo logrado (claro
está, dije algunas mentiras para adornar la situación y no tener que padecer reclamos
por celos) y lentamente le expliqué lo más importante: lo que me ofreció la
vieja Simona.
Al día
siguiente me acerqué con la disposición para el viaje. Yo conversaba con Anhui,
quien me consiguió el empleo. Ella se encarga de mantener el orden y al resto
del personal bajo control. Las chicas que se encargan de la limpieza son
jóvenes y bastante guapas. Anhui, que se encarga de la cocina, estuvo
comentándome que estaba ahorrando para hacerse las tetas. La imagino con los
senos de la vieja Simona y el rostro hermoso de Anhui: un hembrón. ¡Nada mal!
Me fui enterando de los quehaceres de cada uno, de sus intereses, y verlas
moverse, verlas trabajar. Estuve caminando por todas las habitaciones como
perro por mi casa, esperando que la vieja me diera el sobre que tenía que
entregar.
Simona se levanta a medio día y recorre la sala
semidesnuda, provocándome el ansia de llevármela a su cama. Me mira como una
gatita que necesita caricias. Yo sonrió sin ganas, pero es una alternativa; así
persuado sus intenciones. Dice y planifica: Viajes por el Caribe, bingos y
borracheras.
— La vida es corta bonito —me dice con su carita de
solitaria.
Ha recorrido los restaurantes más prestigiosos del mundo
y, de ahora en adelante, yo tendría que acompañarla. ¡Nada mal! A pesar de que dice
tener cincuenta años, se mantiene como una adolescente; se comporta como tal,
si no fuera por su rostro, que la delata (se le notan muchas patitas de gallos
a pesar de las operaciones). Asiste al gimnasio tres veces por semana y hace
yoga, lo que le mantiene una elasticidad increíble (los clavados que logra en
la piscina me son imposibles). Ese día fue interminable. Verla vestida casual y
al rato no más, cuando comenzamos a hablar de nosotros, subió a su habitación
así por así y salió con un traje de baño transparente.
—Vamos a echarnos un baño. Dijo.
Yo asentí con la
cabeza. Estuve mirándola con entusiasmo. Ella, mientras tomaba whisky, me
guiñaba el ojo y me seducía con su mirada. Insinuó que me metiera en la
piscina, que me deslizara por el tobogán. Consentía todo lo que me pedía como
un gran tonto. Anhui nos veía de lejos y sonreía; me hacía muecas y sonreía, no
de burla sino de desconsuelo. Creo que he dicho que soy un tonto, ¡un verdadero
tonto! Lo digo por lo del sobre. Eso fue una inmensa brutalidad, y les cuento
como fue que perdí esta oportunidad que hoy estoy rezando para que se repita.
Por eso estoy aquí, tomando en este bar como un desquiciado. Teniendo todo,
absolutamente todo entre mis manos (autos, dinero, casa o mejor dicho mansión)
absolutamente todo lo perdí por mi avaricia desenfrenada. De niño fui un tonto
y quería superar eso <<nunca dejes pasar los trenes>>, me decía mi
padre; y, en mi cuenta, lo que podía recordar como oportunidades perdidas
pasaban de las diez. Esta, por supuesto, ha sido la que más lamento.
Todo comenzó con el envío del sobre.
Nunca
entendí la insistencia de Simona de llevar el mensaje como en el siglo
diecinueve. La vieja me encargó que le llevara, con urgencia, un sobre a otra
ciudad; dijo que tenía que solventar unas deudas pendientes. También dijo que
necesitaba un compañero para la vida, que la soledad la estaba consumiendo; que
necesitaba compartir su amor, su cuerpo, su cama y, por supuesto, eso también
incluía su dinero con alguien como yo, dispuesto a estar con ella en las malas
y en las buenas, hasta que la muerte nos separara. Pero como dudo que esté en
las malas, acepté todo lo que me propuso; ya tenía todo bajo control. ¡Como
pude meter la pata de esta manera!
El sobre tenía que entregarlo al destinatario con mis
propias manos. Me recomendó que tomase el autobús de las nueve de la noche y me
regresase al día siguiente. La verdad, no entendía por qué quería que yo mismo
llevase la carta. ¿Acaso la vieja no sabía que el Internet entrega cartas de
inmediato o que existían empresas que se encargaban de entregar paquetes de una
ciudad a otra? Como necesitaba el empleo, no me resistí a hacerme cargo de
aquel envío ni a recomendarle aquellas dos opciones; así me pagaría por una
tontería, tomaría confianza y conocería a su único familiar, que, según Anhui,
tiene mucha más plata que la vieja. Me prometió que, si hacía mi encargo sin
ninguna inconveniente, al volver cobraría y comenzaría de inmediato a trabajar
en la administración de sus bienes; eso, también, implicaba dormir con ella. Me
dio suficiente dinero para el viaje.
La carta iba dirigida a un tal Juan Alfonso Machado
Hurtado. El sobre era de un amarillo pálido y tenía un emblema circular que
decía “Familia Hurtado Compañías”. Abajo, en una esquina del sobre, decía en
negritas <<Juan pon tú el monto que no lo recuerdo>>. Este detalle
de la palabra deuda, fue el que me indujo a mis malos pensamientos: abrir aquel
sobre y ver que contenía. Claramente hablaba de deudas. Estuve viendo el sobre
a trasluz y no se apreciaba ninguna cantidad de dinero; sólo se veía uno, si
acaso. Quizás sean cien dólares, pensé.
Si es dinero me lo quedo y digo que me robaron. Total, dinero es lo que le
sobra a la vieja. Lo que tenía a mi favor era que Simona se sentía sola y, la
verdad, es que lo estaba.
Sentado en la terminal, desesperado por salir de la
pobreza agresiva, la frase “pon tú el monto” me arrinconaba. Miraba para todos lados, me comía las uñas y
tomé el riesgo (cosa que hoy lamento mucho, y por eso bebo de esta manera).
Proseguí abrirlo con delicada suavidad; el desgraciado sobre estaba bien
pegado. Los balbuceos de la gente a mí alrededor me tenían hastiado. El aire
acondicionado pellizcaba mis huesos mientras estaba sentado en un banquito, esperando
el bus que me llevaría a la entrega del paquete. Un tumulto de gente comenzó a
llegar de las provincias, desembarcándose con los ojos hinchados,
restregándoselos para ahuyentar al sueño, como para terminar de despertar. El
otro tumulto nos preparábamos para embarcar el mismo bus.
Había quedado en ir
al cine con Anhui a mi regreso del viaje; es una morena hermosa, lástima que
conozca a mi esposa. Pero a Anhui no le importa porque “está experimentando”
eso me dijo, que estaba en modo avión, supongo que de aeropuerto en aeropuerto,
no lo sé. Había escuchado lo de flor en flor como las mariposas, pero no de
modo avión.
Sentado en el banquito de espera tenía una ansiedad de
perro royéndome la sien. Me puse a caminar de un lado a otro con el sobre en
las manos; necesitaba abrirlo para tranquilizarme, matar mi curiosidad. Me
enervaba la sangré pensar que podría robar con tanta facilidad a la vieja… ¡Uhhh,
dejaría de ser pobre sin el sudor de mi frente! Pero primero tenía que abrir el
sobre y sacar el billete.
Cuando administrara su cuenta, podría disponer del dinero
que me diera la gana, así como los futbolistas, los diputados, los reyes o los
narcos; en fin, mucha plata para gastar sin preocupaciones. También pensé que
podría ser un cheque en blanco. Me taladraba la frase “pon tú el monto” y
proseguí analizarla. Después de un rato, llegué a la conclusión de que era un
cheque en blanco. Ya no tendría que trabajar y con ese dinero podría comprarle
a Jacinta todo lo que le prometí cuando nos casamos. Ahora, ¡con qué cara
mirarla a los ojos!, sumergidos en la lástima, la desdicha de la resignación; y
todo por mi avaricia ciega. Si fuera por mí, me suicidara ahora mismo, pero mi
preocupación es por ella, por nuestros hijos. Habíamos planificado cada día
desde que la vieja Simona prometió que yo cuidaría de sus bienes. Creí que
engañándola, afirmando que me habían robado, hallaría la solución a mis
problemas económicos; pero no, no fui así.
Por eso bebo de esta manera.
¡Maldita decisión! Anhui debe estar molesta y preocupada;
ella me recomendó a la vieja como el hombre más honesto sobre la tierra. ¡Me
siento miserable! ¿Con que cara llegar a la casa, mirar los ojos de Jacinta y
decirle: me botaron por ladrón? No, no, no puedo llegar así, con las manos
vacías. ¿Qué puedo hacer? ¿Debo armarle una nueva mentira?
Antes de embarcarme al autobús. Sin esperar más, abrí el
sobre. No era ni dinero y mucho menos un cheque en blanco. Era una carta, es
cierto, una carta de prueba. El papel blanco, cortado en forma de billete o
cheque, decía. <<Te estoy viendo. La abriste. Era para probarte. Si
tienes vergüenza no vuelvas más>> Así fue como perdí mi empleo de unas
semanas.