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Lucas Battaglini



Es preferible suicidarse tarde que nunca,
sin arrepentimientos, más que temprano, o
nunca suicidarse, mejor.

Lo conocí una tarde mordisqueada por la rutina literaria
en un taller de poesía que asistíamos los dos.

Practicamos fielmente la amistad, compartimos la duda de vivir.
Él hablaba de una mujer lejana y yo contemplaba las que nos pasaban por
el frente.

Jugamos a los borrachos junto con Edgar, Luis, Estrella, Acuarela, Andrés
Llenamos noches y días de dudas.

Crecimos en la resignación
En el desmedido desenfado de vivir en una ciudad.

Abandonamos el juicio en azoteas llenas de botellas de licor junto con
Malena, Geison, Vanessa, Steven, Mariana, Karen, Goyo, Paola
Ah, nuestra graduación como poetas.
La noche se tupía a cada instante de bajo autoestima, en tu corazón florecía oculta bajo tu ropa negra. 
Nos desinteresamos por vivir sin sufrir

Caímos en las lágrimas, brotamos de los ocasos sin precipicios



Que compartas la mesa de vino con Baudelaire, que te haya servido de algo
abandonar esta maltratada tierra.

Aún creo, y, pienso que si
hubieses esperado, un poco, resistido el giro de la ruleta que estaba por
darse y quizás me estoy mintiendo y ese giro no existe y todo es igual;
pero qué tal si el giro existe; y, es tan maravilloso
que no nos damos cuenta, aún
tengo optimismo
ves, hubo también otro camino.


de Primicia de huesos, 2012.

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Biografía

Jairo Prieto Macías (Ocumare del Tuy, Venezuela, 1987) es editor, poeta y narrador. Cursó estudios de Comunicación Social y Literatura. Participó en diversos encuentros literarios en distintas regiones de Venezuela. Como facilitador, ha impartido talleres de creación literaria en las modalidades de cuento y poesía. Ha publicado los poemarios Cuánto pesa un río ( 2006); Primicia de huesos ( 2012); Inmolaciones ( 2020), siendo traducida al portugués y al francés e incluida en antologías latinoamericanas. Además, ha incursionado en el ámbito audiovisual, realizando guiones cinematográficos para cortometrajes de ficción y documentales.

Ana

Volvió a pasar por la calle decorada de luces y guirnaldas. Movía la cabeza para todos lados, y el miedo, entorpeciéndole las patas, la hacía ver como presa fácil. Su foto, pegada en los postes de luz y en las paradas de autobuses, prometía una recompensa. A duras penas, gracias a la llovizna que había desfigurado el mensaje, se podía leer con un poco de esfuerzo <<Se busca>>, y abajo, un número de teléfono. Pero Ana no sabía que era a ella a quien estaban buscando; no sabía leer. De haberlo sabido, hubiese llamado inmediatamente si estuviera en sus posibilidades, pero sabemos que no tiene esa posibilidad; por lo menos no todavía, en el futuro quién sabe con el avance de la tecnología.  La hoja con el mensaje, ya desfigurada por la llovizna (al instante en que Ana se sacudió y salió corriendo de nuevo entre las calles), iba a ser arrancada por los recolectores de basura que pasaban levantando la mugre del día; y así, sus esperanzas de ser encontrada se desvanecían en un...

¿Acaso te importa si desaparezco?

Si alguna vez pudiera evaporar los abismos que me arropan, desenvolverme, entrar en ti leer tu idioma tus jeroglíficos purificarte en grandes llamaradas de humo, llevarte fuera de planos. Quizás moldee mi sombra mis pasos tu desnudez ¿acaso te importa si desaparezco? Algunas vez de pronto viva de pura gracia Diálogos de aire de espuma, me hospede en la memoria de las calles y no vuelva                    ¿acaso te importa si desaparezco? de Cuánto pesa un río, 2006