Ahí, ahí, justo ahí, al lado de ese banco verde, estuve sentado durante largo rato, quizás dos o tres horas... ¡no!, quizás cuatro; sí, creo que cuatro, porque recuerdo que apenas se escondía el sol como siempre lo hace; y todos sabemos que el sol abandona nuestra vista como a las seis. Sí, justo a las seis comienza a ocultarse para alumbrar el otro lado de la Tierra. Estuve sentado con la cámara fotográfica justo al frente de la flor. Nunca la había esperado tanto rato (eso no sucede todo el tiempo); ahora la espero, listo para la foto. La flor sólo abre de noche. No recuerdo cuántas veces se me encalambraron las piernas de estar sentado allí, con mi cámara, frente a frente. Según mi mamá, la flor abre y se oculta rapidito, y no vuelve a abrir más. Ahí permanecí sentado, no sé cuánto rato; ya me quejaba de mi ridícula espera. Es que nunca me ha agradado esperar y es por eso que no tengo novia: a la que iba a serlo no la esperé el día de la cita. Pero ya se me olvidó...